PARTE DE GAIA
Casi sin darme cuenta he tejido una
vida de verde y agua, de azul y cielo en una parcela antes yerma. Y han crecido
caléndulas, amapolas y lirios. Luego he cultivado amistad en girasoles,
añoranzas en hortensias, sicómoros y abedules. La esperanza la he puesto en
surcos entre la pena blanca y el llanto azul. La he regado con risas, sol, sal
y murmullos de amor.
En otoño estuve atenta al pedrisco a
los negros nubarrones a la cerrazón del olvido y el abandono.
Me dormí en invierno como el oso grande
y bueno en un rincón de la huerta donde la nieve del tiempo me hizo cueva y
cama.
Pero al llegar la primavera, mis
raíces, las raíces de la tierra comenzaron a agitarse, a vibrar, a querer
romper terrones fríos y grietas heladas con el calor de la vida que despuntaba
en sus yemas, savia aún esbozada que crecía en mi interior, que despertaba al
bueno del oso dormido.
Y salí de la madriguera, de la cueva,
del pozo a la superficie, con los ojos medio cerrados pero alegres,
chispeantes, grises, azules a fuerza de mirar el mar lejano, cercano en mi
corazón.
Y los surcos
verdes fueron mi camino, las rosas abrieron pétalos, las madreselvas enredaban
mi corazón y abrían mis ganas de vivir… Los sauces eran alegres, los pájaros
anidaban en mis manos mientras la lluvia de la primavera regaba la huerta, me
regaba entera de agua y de dicha. Y en esos surcos crecía la vida en cientos de
colores que se acoplaban en un tapiz vegetal lleno de ternura.
Carmen Martínez Gordillo 17/05/2015
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